59 km al Sur

Las dos caras de Pucusana


Por: Patricia Herrera

No siempre quiero saber a dónde voy. Sábado, 12pm. Ese día sí sabía a dónde iba, pero lo que era incierto era cómo llegar. Lo más seguro fue ir hacia el Puente Primavera en Surco, después de un que otra pelea con mis compañeras de viaje ya que ninguna estaba segura de nada y cada una de nosotras quería tomar caminos distintos. Al parecer las clases de Marketing II surtieron efecto, y mi sentido de la persuasión se impuso. ‘Como joden , por quinta vez, vamos hacia el Puente Primavera’, y ellas como coro de misa respondieron: ‘Yaaaa’.


Y ahí empezó todo. En la combi era casi imposible mantener un diálogo, la música estridente llena de teclados y vozarrones cumbiamberos nunca falta. Llegamos al puente, y nuestros pasos eran tímidos, como los de un bebé en pañales. Derecha o izquierda, arriba o abajo eran lo mismo. Subimos por la derecha y , al bajar caminamos por una especie de túnel. ‘ Vamos por acá’ dijo la compañera de viaje #1 , y la seguimos. Éstabamos arriba y caminar a unos cuantos metros lejos del piso no era algo tan relajante para mí, y aunque éste temblaba como los mil demonios lo único que quedaba era empujar a quien se cruzara hasta llegar al otro extremo. Seguimos caminando y bajando se me ocurrió : ‘¡Huevona, estamos en el mismo lugar desde dónde vinimos! ¡Carajo!’. Y las carcajadas eran de esperarse, entre risas y reclamos, subimos por la izquierda y me aseguré que no ocurra otra vez más … era posible.


Una vez arriba todo era un caos, como cualquier paradero en Lima. Aquel era peor aún, éstabamos en la Panamericana Sur. Los autobuses, o mejor dicho ‘micros’ se aglomeraban uno tras otro, sin dejar ver su ruta en sus lados. Perdidas, preguntamos a una vendedora de comida al paso por alguno que nos lleve hasta el kilómetro 59. Nos aseguró que un micro de color blanco y de letras negras nos llevaría sin desvíos.


Después de unos quince minutos, lo tomanos casi desesperadas. No me importó respetar las normas y me ubiqué en el asiento reservado para gente con muchos años encima, o con bebé encima. Era la línea número 36 de Royal Express S.A, así que sólo esperaba a tener un viaje lo suficientemente placentero. La neblina de la Lima gris en invierno, no ayudaba mucho a la sensación casi obnubilante de mi mente.


Habían transcurrido unos 30 minutos de viaje, por primera vez no tenía a mi ipod entre mis cosas, así que decidí escribir todo lo que veía o percibía. “En Francia la vida era más rica, más alegre, más hermosa, más que en cualquier otra parte […]” . Eso fue lo que leía una de mis compañeras de viaje. Capturé un fragmento de ese libro, Traversuras de la niña mala, y pensé el por qué de Vargas Llosa para nombrar a Francia y no a su propio país. Es ficción de igual manera-me respondí de inmediato-pero ella siempre tiene algo de real. Fueron los olores repelente que tampoco se escapan de mi memoria, bienvenidas a Lurín.


1:32pm. Todo mi panorama se limitó por el lado izquierdo, hasta que dando la vuelta, el mar de pronto nos esperaba. Fue por un corto tiempo, pero la compañera de viaje que iba de co-piloto del conductor, aseguró conmovida ver lo que buscamos. El paisaje color beige, ocultó todo al momento de buscar con la mirada a aquellas criaturas, por las que me veía envuelta en este viajecito. Un viajecito tranquilo, hasta el momento, sin peligros o ‘moros en la costa’.


La vista del mar se ampliaba con tal rapidez, como cuando le das click con la lupa sobre una fotografía. Al mismo tiempo podía el vértigo que causaba la atura al sentirme al borde del abismo sin ningún tipo de seguridad, deseaba estar cerca. Y así fue, después de pasar por los balnearios de Punta Hermosa, Punta Rocas, Punta Negra, San Bartolo y Santa María, un par de Converse sucias pisaron el suelo del distrito de Pucusana , a 59km de la caótica Lima Metropolitana. Mis piernas no reaccionaban, y mis nalgas menos. Por primera vez quería quedarme en el micro, y es que el frío era intenso, sin darnos cuenta podría dejarnos, literalmente, congeladas como en juegos de niños.


Caminábamos en bajada. Un anciano sentado en la puerta de su casa, cuál can que vigila con recelo sus propiedades, niños que juegan en la mitad de la calle, conversaciones de esquina a esquina entre señoras, piropos que se lanzaban con picardía a aquellas atrevidas que no guardan sus minifaldas ni en invierno. Risas entre amigos cincuentones que parecían tener un motivo para celebrar, teniendo una cerveza en mano. O es que muchos no tenemos esa ideología de que beber algo todos los días no significa ser alcohólico, algo que sí sucede ‘al otro lado del charco’ o en países que, al igual que nosotros, pertenecen al trópico. Ese es otro tema. Seguíamos marcando el paso, y a medida que avanzamos hacia el malecón San Martín, el frío descendía proporcionalmente. Nuestras cámaras se preparaban para capturar todo lo podíamos olvidar al paso. Sin embargo, sin ánimo de presumir, no necesitaba una cámara para recordar las miradas y los silbidos insinuados de los hombres que trabajaban en el alumbrado de las calles. Reconozco que eso me pone nerviosa, sentí que alguno de ellos comenzó a seguirnos, pajas mías o no, el hombrecillo se hizo puff a mis espaldas.


Sin darle más importancia a lo que pasaba detrás de mí, nos topamos con un mar… un mar de botes, que no dejaban ver sobre que descansaban. Al mirar de cerca, los poco espacios de agua notan cristalina es escondían tras embarcaciones: “Mi Ximenita” y “Nicoll Jasmin” eran algunos de la infinita cantidad de nombres para cada una de ellas. Grandes , pequeñas, cayéndose a pedazos, con velas, con redes. La temperatura no son dejaba pensar más que un café calentito, después de eso ya conversábamos para delimitar nuestra ruta.


Desde un principio pensábamos en subirnos a los botes, y no sé por qué en algún momento me imaginé en lindo y tranquilo paseo, sin contar que el mar parecía no estar de mal humor. “No sean mariconas, no pasa nada”-les decía a mis amigas- “No hay forma que yo me suba a un bote, el mar se ve movidísimo” – me respondió una de ellas, con un tono temeroso. Los olores de los churros y picarones preparándose, se mezclaban con el olor del mar, algo que siempre me denota cierta tranquilidad al punto de la melancolía. Sin embargo, esto se veía empañado por un paisaje contaminado: lleno de residuos que los pescadores dejaban regados frente a nuestros ojos mientras reparaban sus botes, pedazos de redes para pescar, botes de pintura para los botes. Por la pista o por la vereda era difícil no tropezarse con desechos de comida o heces de perros (un animal muy común en la playa, aunque no es su habitad y su presencia está prohibida por cualquier intendencia). La vista casi saturaba, los vendedores ambulantes de joyas hechas a mano, películas piratas, churros, y sobre todo la sobreoferta de restaurantes al paso. No había una variedad de platillos en el menú, las mesas blancas fuera del local eran iguales, casi nos sobraban los dedos para contar a la clientela, la única diferencia es que unos se distinguían más que otros por la música estridente que se escuchaba a cuadras. Unos metros más allá, encontramos un mapa enorme que nos ubicó: un pequeño parque, un centro comercial, una municipalidad, El Boquerón y el pequeño puerto, donde el gremio de pescadores se reúne día a día para el sustento de su querida Pucusana. “Pucusana DISTRITO TURÍSTICO”, frase que puede capturar con la cámara. De pronto me di cuenta que unos centímetros más bajo éste muro pintado, las gaviotas caminaban entre basura.


Ahora no nos detuvimos, y estábamos en el muelle. Ahí nos encontramos con Félix, un pescador cincuentón que nos quiso llevar en su bote por la cómoda cuota de S/.5.00, usando un marketing peculiar nos dijo que veríamos a los lobos de mar, también la casa de Gisela. “Y podremos ver a los delfines”- le preguntamos- nos dijo que era posible que no los veamos, porque hace muchos meses que no se veían, por ahí. Dudé un tanto de su respuesta, pero seguimos entrevistándolo de manera informal, sin cámaras y sin apuntes. No pudimos evitar preguntarle acerca de la razón principal de nuestro corto viaje. Delfines.


Pocos saben que el Perú es un país privilegiado, ya que a solo unas millas de las playas que se encuentran entre Chorillos y Paracas (entre ellas Pucusana), donde se puede encontrar de tres a seis delfines saltando entre olas, dando un espectáculo sensacional en su habitad natural. Sin embargo la caza de estos cetáceos saltarines es una realidad, existe un mercado negro de la carne de delfín llamada muchame a cuatro soles el kilo, según un reportaje escrito del suplemento del diario El Comercio: Somos. Quién mejor que Félix nos podía dar alguna respuesta. La verdad es que sólo atinó a decir que desde hace mucho tiempo no se les caza, debido a la legislación que amparaba a estos animales, y que si son cazados son porque no pueden salir de la red que originalmente es para los peces. “Es ocasional señorita, y si caen es para nuestro consumo, no vamos a desperdiciar carne”.


Sentía mucha rabia, ellos tienen décadas de experiencia, nada les cuesta tomar las debidas precauciones para que esto se detenga. No saben que éstos ya sean delfines nariz de botella o delfines oscuros, entre las 1500 especies que se encuentran en nuestra costa, cumple funciones importantísimas en el ecosistema marítimo, son como los leones del mar. No quería estar más allí y finalmente no nos convenció, dudamos del paseo de media hora en bote, aunque prometimos volver.


Regresamos donde comenzamos, al mapa de Pucusana nos dirigimos. La verdad es que más que otra cosa fue nuestro sexto sentido el que nos sirvió de guía, de guía eficiente ya que sin mucho recorrido llegamos a la casa más bonita que había visto hasta el momento, parecía sacada de otro escenario. Una casa con acabados sencillos y a la vez modernos en parangón con las demás casas con cierto sentido minimalista, que solo contaban con la decoración de sus ladrillos. Era el hogar de Elena Prado, una activista que dejó su vida en Lima para y por Pucusana. Nos cuenta su primogénito Isaac Cornejo Prado, que su madre no tiene ánimo de lucro, no quiere involucrarse con la política, es por eso que ya ha rechazado varias propuesta para encabezar la lista para la alcaldía del distrito. Ella solo quiere luchar por el desarrollo de Pucusana porque sabe del potencial que se encuentra allí. Lo ecológico es lo más relevante para ella. En el año 2001 logró fundar el colegio Pierre LaPlace, ocho años después alzó la voz junto al alumnado en la marcha contra la matanza de pingüinos, y la domesticación de éstos mismos. Además, ideó proyectos como un jardín botánico, el cual contaba con un inversión de aproximadamente medio millón de dólares. Fue el abandono de las autoridades municipales, y la poca seriedad para con el proyecto entre muchos otros, que desanimó a los inversionistas extranjeros dejando el proyecto en puras ideas. Elena no sólo se preocupa por el medio ambiente, sabe que hay indigentes que no pueden subvencionarse los medicamentos, es así que eventualmente consigue la donación de un poco más de 500 medicamentos de doctores extranjeros. Cuando Isaac nos habla de los atractivos turísticos, sabe que para las autoridades esto se encuentra en un segundo plano. Lo único que tratan de lograr, como una familia asociada para impulsar el turismo, es ambientar su casa para ofrecerlo como hospedaje durante todo el año, y abrir el restaurant La Casa Nostra en los veranos.


Lamentablemente, ésta familia no puede realizar muchos de sus proyectos por no cuenta con un sincero apoyo de la Municipalidad del Distrito de Pucusana. Una vez más se demuestra que la política, sigue sucia y aunque suene fuerte: es una mierda. Si solo voltearan a mirar todo el potencial que tienen, y no actuaran de forma individualista, tal vez no se impedirían que familias con ganas de actuar, dejen hacerlo. Si solo voltearan de una vez la vista y se percataran que son las próximas y cada vez más cercanas generaciones, quienes vivirán de lo que ellos están construyendo, o más bien de lo que dejan de construir. La cultura ecologista, en pro del medio ambiente ya no puede ser cultivada en las mentes de los adultos y menos de los ancianos, que lo único que saben bien es que hay que luchársela para llevarse algo a la boca, y es por eso que muestran un conformismo y un desapego por lo suyo, por el mar. Y son los representantes municipales que deberían tener una verdadera comunicación el pueblo, no basta con colocar carteles que prohíban algo que al final no se cumple, porque no hay un feedback por parte de la comunidad.


El turismo es una palabra que no puede desaparecer de su léxico. Los delfines, los lobos de mar, los pingüinos, la pesca legal, los paisajes que aún pueden ser salvados, entre otros atractivos por descubrir son el futuro de esta comunidad. Pucusana tiene mucho por explotar, no por abusar. Y ésto es solo el comienzo.






















A tan solo hora y media de lima en el 59 km de la Panamericana Sur de Lima se encuentra el distrito de Pucusana. Este balneario es muy concurrido en los días de verano. ¿Qué se puede encontrar en este distrito en esta época del año? ¿Veremos los famosos delfines? ¿El mar estará tranquilo? ¿Es verdad que en el mar la vida es más sabrosa? Vamos a averiguarlo.

Por: Diana Yalico Outten


Tres mujeres, un camino. No, no es otra telenovela mexicana. Íbamos al encuentro de Pucusana, nuestro primer encuentro físico con el balneario. Nuestra primera prueba era tomar el bus correcto, bus que nos enrumbaría directamente al lugar. Nos perdimos. ¿Quién iba a pensar que el puente primavera traería tantos problemas para tres jóvenes universitarias? Tantas veces hemos pasado por ese lugar y justo aquel día parecía haberse convertido en un laberinto lleno de escaleras, ambulantes y gente que pasa sin mirar. Una vez en el paradero correcto la espera del micro nos tomó un poco más de 20 minutos. Lastimosamente no pasan muchos que vayan directamente hasta este distrito. En verano, obviamente, hay muchos más carros que van al sur. Como todas unas peruanas avanzamos del lugar señalado como paradero hasta la misma pista, yendo en dirección a los carros. Íbamos al encuentro del bus, no lo podíamos perder, una oportunidad en un millón (okey, exagero). Si esperábamos sentadas en el paradero probablemente cuando llegue el carro ahí ya estaría repleto. Conseguimos sitio y como lo predijimos el carro se llenó por la gente que no pudo avanzar más rápido que nosotras. Qué vivas que somos!


El trayecto fue tranquilo. Todo gris: el cielo, el mar, la gente. Traté de no perderme entre tan monótono color y no dormirme. No dio mucho resultado. Sólo el cargado olor a estiércol pudo despertarme un poco cuando entramos en Lurín. Carreteras, más buses, mototaxis, mal olor. Siempre es bueno estar acompañado. Ya sea por amigos, un libro o música. O todas las anteriores en este caso. El cobrador nos avisó que estábamos a 5 minutos. Hora y media de viaje. Una nada. Último paradero y baja.


Ahí estábamos, observábamos el puerto de lejos. Con las piernas adormecidas no solo por la posición sino también por el frío. Caminamos por unas calles en bajada. Entre bodegas y casas a medio construir. Personas conversando afuera, uno que otro con alguna cervecita. A primera vista el puerto se ve lindo. Mientras más nos acercábamos al malecón más nos desengañábamos. Había tantos botes como ambulantes en los tiempos sin serenazgo en Gamarra. Un pelícano se paseaba por el poco espacio libre de agua que había. Más aves revoloteaban en el cielo nublado.


Pucusana es un distrito de Lima que se encuentra en el kilómetro 59 de la panamericana sur. Este balneario ya tradicional es uno de los más concurridos en verano. No solo por sus hermosas playas, muchas de las cuales son privadas, sino por la gran cantidad de actividades que se pueden realizar allí. Este antiguo puerto de pescadores cuenta con un fondo marino rico y es un atractivo perfecto para los amantes del buceo y los que buscan aventura en el mar. Entre los principales lugares que no te puedes perder en Pucusana está el Boquerón, o Boquerón del diablo, una formación rocosa formada por la erosión de las olas. La Bocana, es un canal que separa Pucusana de la isla Galápagos, isla donde hay una increíble variedad de especies marinas entre lobos marinos y aves. Esta es una de las tantas playas privadas que hay en este distrito. Entre otras tenemos la playa de Naplo, la Quipa, la Tiza, la Honda, los Calatos y Cañamero. También justo al otro lado del Boquerón se encuentra otra extensión rocosa, el Rostro de Cristo; llamado así justamente porque se asemeja al perfil de la deidad. En el se pueden apreciar pingüinos libremente jugando en su hábitat.


El malecón está lleno de restaurantes de comida marina. Todos se ven relativamente higiénicos por fuera. Entramos a uno ya que por el frío un café no nos venía nada mal. Estaba vacio, nos atendió amablemente un señor que amablemente dejó de ver la telenovela en la televisión para

volcar su atención en nosotras. Le preguntamos acerca de los delfines pues fue una de las principales razones por las que queríamos visitar el lugar. Nos dijo que se veían mar a dentro y que no era sencillo verlos. Nos recomendó no emprender ningún viaje en bote o lancha puesto que el mar estaba movido y no era propicio. Al ver nuestros rostros un poco decepcionados nos invitó a ver el Museo de delfines que esta en el distrito. Salimos del local con la intención de investigar más del balneario, de los delfines y los pescadores. Ni bien pusimos un pie afuera un olor a picarones nos llevó nuevamente al borde del malecón. Una serie de vendedoras de comida acababan de salir a preparar entre picarones, papitas, canchita y churros. Todo se veía

demasiado bueno. Al lado estaban

sponsable de la página web www.pucusanaperu.com. Al encontrarnos solo a un par de metro

s de donde se encontraban los pescadores decidimos ir e indagar un poco. Ya luego podíamos ir a los lugares pensados.


Welcome to the fishing dock of Pucusana. Un arco con este letrero nos recibía ni bien volteamos a la calle donde vimos varios pescadores. Mientras caminábamos observaba como algunos pescadores arreglaban sus botes en la orilla. En verdad había varios botes en la orilla siendo reparados. Claro que no tantos como los que estaban en el mar pero si los suficientes para dar la sensación de desorden. Sobretodo por los restos que estaban alrededor de estos. Había mucha gente en las calles, la cumbia que salía de un restaurante se escuchaba a lo lejos. Al acercarnos donde los pescadores que estaban entre el agua y sus redes en la orilla. Miradas de curiosidad y quizás desconfianza nos siguieron hasta llegar al borde. Uno de ellos, que estaba en su bote en el mar, nos preguntó si queríamos dar un paseo por la módica cantidad de 5 soles por persona. “Verán las casas de los famosos”, nos seducía. Un viaje a bote bordeando las playas de Pucusana toma alrededor de media hora. Como ya nos habían dicho que el mar no estaba tranquilo nos hizo dudar acerca de tomarlo o no. Definitivamente al hacer contacto visual entre nosotras nos dimos cuenta que ninguna tenía intensiones de subir. Pero mientras nos seguían convenciendo podíamos tener una pequeña charla con aquel hombre en el bote. Felix es pescador. “¿Qué no parezco pescador?”, me responde con una sonrisa. Es de piel canela y lleva ropa vieja y holgada. Tiene cabellos largos y canos que cubre con el gorro azul que lleva puesto. Parece amigable. Aunque sigo sintiendo miradas extrañas detrás de mí. Una vez que la conversación se enfocó en su trabajo, nos arriesgamos a preguntarle sobre delfines.


Él es pescador desde más de veinte años. Dice que hubo una época donde sí cazaban a los delfines para su venta pero que eso fue antes que salga la ley que los protegía. Ahora por la gran cantidad de pescadores que hay en el puerto los delfines cada vez se alejan más de la costa, pero una que otra vez son atrapados involuntariamente, dice, por que se enganchan en las redes.


-¿Pero los venden cuando ocurre eso?

-No, pues. Es carne de todas maneras, es solo para nuestro consumo, lo comemos.


Volteo a mirar el mar, no me extraña que cada vez sea más difícil ver delfines cerca

. Yo en su lugar también me alejaría con tantos botes cerca. Tantos, demasiados. Más aun si puede que quede atrapado en sus redes.


Desde el 26 de marzo de 1996, la ley Nº 26585 prohíbe la extracción, procesamiento y comercialización de delfines, toninos, chanchos marinos, marsopas, bufeos y otros cetáceos menores. También Mediante el Reglamento para la Protección y Conservación de los Cetáceos Menores (Decreto Supremo Nº 002-96-PE) se prohíbe el consumo de carne fresca de cetáceos menores o en cualquiera de sus estados de conservación.


Con la promesa de volver otro día para pasear en su bote nos despedimos de Felix. Esta vez nos disponíamos a visitar a Elena Prado. Subimos por las calles hacia la cuadra donde según su página, podíamos ubicarla. La diferencia de estructura entre las demás casas de la cuadra y la señalada eran muy marcadas. Esta casa tenía tres pisos, una fachada muy linda y limpia; y de estructura moderna. Al lado se podía ver otra edificación parecida. Tocamos a la puerta y nadie salía. Esperamos un rato y un rostro joven salió. Isaac Cornejo Prado, nos dijo tímidamente que su madre no se encontraba en casa. Había ido a Lima a realizar una actividad en un colegio. Igual le pedimos si el nos podía hablar sobre su madre y las cosas que realiza en Pucusana. Salió y nos invitó a pasar a un local ubicado justo al lado de su casa.


La Casa Nostra es una pizzería que solo funciona en verano. Este restaurante A1 es de Elena y su familia. Es también una forma de incentivar el turismo en Pucusana puesto que no hay muchos restaurantes de este tipo, según Isaac, y eso llama a más turistas. Su madre es profesora, en el 2000 funda el colegio Pierre Laplace, ubicado a unas cuadras de donde nos encontramos ahora. A través de este busca, desde que lo fundó, a ayudar a la población de Pucusana. Ha conseguido hacer campañas contra el medio ambiente, marchas, y trabajos entre alumnos y padres para ayudar con el tema ecológico. Tiene amigos extranjeros que, al saber de la iniciativa de Elena, van a dictar clases al colegio. Justo en este momento hay un profesor de inglés hospedado en su casa, nos cuenta. También Elena enseñó a un grupo de mujeres embarazadas a trabajar artesanía con reciclables, para que estas después lo puedan vender y tengan una forma de ganar dinero. Pudo conseguir que viniera un grupo de médicos extranjeros para una campaña gratuita de salud. Elena Prado no pertenece a ningún partido político, ni tiene algún cargo político en el distrito. Todo lo realiza por que cree en el desarrollo de Pucusana y lucha por ello. Todo lo consigue a través de contactos. Toda esta labor que hace en este balneario produjo que el diario El Comercio le hiciera una nota en el 2007, como nos muestra su orgulloso hijo. Ella con ayuda de Isaac, crearon la página ya mencionada antes. En esta se puede encontrar mucha información sobre el distrito, desde ubicación, historia, lugares turísticos, fotos, etc. Isaac también está muy interesado en el desarrollo del distrito donde vive. Es por eso que ayuda a su madre, junto a su hermano, en todo lo que puede. El sabe que para que haya un cambio tiene que empezar con el interés en las demás personas que también viven ahí. A muchos no les importa que este balneario cada vez este más poblado de botes que vienen de todas partes del país, ya que no hay realmente un control sobre el puerto. O que invadan cada vez más las calles solo para que su negocio abarque más. Elena Prado poco a poco, desde su colegio, está logrando hacer cambios. Pero al parecer no todos quieren estos cambios favorables. Las especies marinas cada vez se van alejando más y más de su hábitat natural por la gran cantidad de pescadores cerca. No solo eso, Isaac nos cuenta que hace un par de años encontraron a vecinos teniendo a pingüinos como mascota. Cuando le preguntamos si seguía la caza de delfines, nos dijo que aun sí.


-Justamente el otro día encontraron un cuerpo muerto de delfín en la orilla. Dicen que la carne de delfín es muy rica y por eso se la comen.


Ya se acercan las elecciones y nada menos que 4 partidos le han ofrecido a Elena Prado que se una para que postule. Isaac dice que ella no quiere, aún.


Como queríamos ver pingüinos, Isaac nos acompañó hasta El mirador de pingüinos. Lugar creado justamente por su madre para que haya otro atractivo en el distrito. Mientras regresábamos nos contaba acerca de los proyectos que su madre tiene en mente y que de conseguir el apoyo necesario los pondría en marcha. Según nos cuenta Isaac la municipalidad no actúa como debería. Es por eso que su madre, por cuenta propia, trata de mejorar las cosas en su distrito. “Cuando van a la municipalidad para buscar información acerca de Pucusana los mandan aquí.” Felizmente nosotras nos adelantamos y fuimos de frente al encuentro con los Prado.


Si bien es cierto en el distrito encontramos muchos puntos desfavorables para un buen desarrollo turístico y social, encontrarnos con gente como esta familia hace ver que no todo está perdido. Si todos los vecinos de este balneario tuvieran tan solo un mínimo interés en que esto funcione las cosas mejorarían. Depende de ellos mismos el cambio. Debería haber un par de Elenas Prado en cada distrito para que las cosas en el Perú cambien. En general creo todos debemos poner más atención a todo el asunto ambiental por que al fin y al cabo, todos somos los que disfrutamos de estas hermosas playas.

59 Km. al sur de Lima, tal vez un poco lejos para mi gusto, se encuentra Pucusana, un balneario turístico en el que las coloridas embarcaciones le han dado vida a la invasión y las autoridades, a la desorganización.

Por: Catherine Molina


Puente Primavera, 1:30 PM. Me encontraba en un laberinto, en medio de un enredo de puentes, o algo parecido. No sabía por dónde ir, ni qué vía seguir para llegar a “aquicito nomás”, a ese lejano lugar ubicado a 59 Km. del sur de Lima.


Estaba acompañada por Patty y Diana, juntas logramos encontrar el paradero por donde pasaría el carro que llega hasta Pucusana; carro que, por cierto, no sabíamos cuál era. Entre gritos y tumulto de gente decidimos ir “un poquito más allá”. Fuimos a dar, sin querer, a la pista de la Panamericana Sur.


Por fin supimos cual era el carro en el que permaneceríamos durante varias horas, subimos y, sin importar las reglas, Patty y yo viajamos en los asientos reservados. Para nuestra suerte, en todo el camino no hubo alguien que los necesitara.



Puente Primavera. Puente Benavides. Puente Atocongo… después de pasar – al parecer – por todos los puentes del mundo, seguimos la ruta sur con destino Pucusana. Pasamos por Lurín, donde un exquisito olor invadía el interior de la coaster y me invitaba cada vez con más insistencia a dejar aquel asiento reservado en el que viajaba para ir en busca de uno de esos panes con chicharrones tan ricos y tradicionales del restaurante “El flaco Pepe”.


En el camino leía un libro de Vargas Llosa y alternaba mi vista hacia el paisaje del lado derecho de la Panamericana Sur, todas veíamos hacia el mar con la expectativa de ver a algún delfín. Sí, en la costa peruana hay delfines, aunque hay muchos peruanos que no lo saben o, simplemente, no lo creen. Bueno, fuimos en busca de delfines y encontramos más, mucho más.


Cuando llegamos a Pucusana, un poco después de dos horas y ya sin ganas de bajar del carro, encontramos un lugar poco agradable a la vista del turista.


Fuimos caminando por una especie de malecón, muertas de frío, hasta que encontramos un restaurante donde Diana pidió un café mientras yo compraba una teja de pecanas afuera del restaurante “La mar”. Conversé un poco con la dueña del restaurante, que era amiga de la señora Inés, quien vendía esas tejas que tanto me gustan. Les pregunté acerca
de los delfines de la zona y con un desgano me dijeron que a ellas no les interesaba el tema, que en realidad eso era para los turistas, no para los de la zona. La pregunta es, si es tema no le interesa a los pobladores de Pucusana, ¿a quién le debería importar? Partimos desde ese momento con el primer problema.


Después del cafecito y las tejas fuimos en busca de más información y encontramos un cartel con el croquis de Pucusana, donde figuraba la Municipalidad, el puerto, el Boquerón, Naplo, entre otros lugares propios de la zona. Decidimos ir, primero, al puerto. Ahí vimos gran cantidad de botes dentro y fuera del mar, los que estaban fuera del mar estaban siendo remodelados, los lijaban y pintaban en plena orilla, dejando residuos de pintura y astillas de la madera del bote a vista y pa
ciencia de todos, sin tener en cuenta que estaban contaminando y dañando la arena del balneario que, lógicamente, en esas condiciones, parece cualquier cosa menos un balneario y, menos aun, uno turístico.


Existe tal cantidad de botes en Pucusana porque es un lugar que
se dedica a la pesca y a actividades afines a ésta, por lo que, al llegar al puerto vimos un gran letrero que decía “Bienvenidos al gremio de pescadores de Pucusana” y,
para los turistas extranjeros: “Welcome to the fishing dock of Pucusana”. Cruzando este letrero encontramos a todos los pescadores prep
arando sus botes y sus redes y, aunque el mar
estaba bravo, ellos ofrecían un paseíto por toda la bahía. Ante nuestro no como respuesta, el pescador Félix, uno de los más antiguos de Pucusana, nos dijo que solo nos cobraría S/. 5.00 el paseo por toda la bahía. – Hasta la última casa blanca las llevo. Para que conozcan la casa de Gisela (Valcárcel) y la de Alan (García), anímense. 15 solcitos por las tres.- nos dijo Félix.


A pesar de no haberle aceptado el paseo, nos contó que ahora la pesca está mucho más baja que antes, que ahora no es muy rentable pescar. Apropósito de la pesca, le preguntamos si sabía algo sobre la pesca de delfines en la zona, a lo que respondió que, a partir de una ley promulgada en el año 1996, quedó terminantemente prohibido pescar delfines. Félix dice que a partir de ahí, la gente ya no pesca delfines y si lo hacen, es por accidente; las investigaciones realizadas por la ONG Mundo Azul, demuestran todo lo contrario. Stefan Austermühle, creador de la ONG Mundo Azul, ha sido testigo de las atrocidades que se comete con los delfines. Por ejemplo, cuando los pescan “casualmente”, los utilizan para el consumo de los mismos pescadores; sin embargo, hay quienes se dedican a pescar delfines para vender, de manera informal, su carne en los mercados. Esta carne se llama muchame y cuesta muy barato, por lo que la gente la consume mucho, aunque Félix, el pescador, diga que eso dejó de pasar hace muchos años.


Normalmente, aunque nunca en invierno, vemos el mar y la arena repletos de personas, de hombres y mujeres, de niños disfrutando de la playa, corriendo, nadando, jugando con la arena. En Pucusana, en cambio, vemos botes. Botes que invaden drásticamente el mar, botes que han obligado a los peces a ir más al fondo. La cantidad de botes varados en Pucusana ha ido aumentando paulatinamente en los últimos años, esto se debe a la informalidad absoluta que existe en dicho “gremio de pescadores”: los botes llegan desde cualquier puerto del Perú, no importa si viene del Callao, de Ilo; no importa de dónde venga, siempre podrá entrar a Pucusana e instalarse ahí porque nadie hará el debido control. No existe ningún tipo de impuesto que se debe pagar por la permanencia del bote en Pucusana y, como es gratis, todos llegan cuando quieren y se quedan el tiempo que quieren.


Una alternativa de solución a este problema es que se cree un impuesto que los pescadores deban pagar para que sus embarcaciones permanezcan en Pucusana, tomando esta medida, se reduciría significativamente el número de botes que “adornan” el mar de Pucusana. Otra de las medidas que se debería tomar sería que todas aquellas personas que arreglen y/o remodelen sus botes en la arena, dejando restos de pintura o de madera, reciban una multa. Estas medidas las deberían tomar las autoridades de Pucusana, como es la Municipalidad; sin embargo, según testimonio de los pobladores, la Municipalidad de Pucusana no ejerce bien su labor, no está al tanto de las necesidades de este puerto y, mucho menos, de sus pobladores.


Pucusana es un lugar turístico que podría ser muy bien aprovechado por todos los potenciales que tiene: mar, botes, pesca, comida, delfines, pingüinos, artesanía y muchas cosas más. Pero todas estas cosas se ven opacadas por el desorden y la basura que hay en la zona, por el conformismo de las autoridades que se ve reflejado en los pobladores.
Se está desperdiciando el potencial que tiene Pucusana como destino turístico, se está teniendo un concepto equívoco de lo que es el desarrollo en la zona.


La única manera de que Pucusana tenga un verdadero desarrollo es creando una conciencia social y educando a las generaciones menores, dándoles una cultura medioambientalista que les permita, en un futuro próximo, llegar a hacer de Pucusana el lugar que debería ser: un lugar ordenado, limpio. Un lugar en el que las autoridades cumplan su verdadera función, donde los trabajadores de la Municipalidad estén enterados de lo que pasa en la zona, y no tengan que derivar a las personas que van interesadas en Pucusana a la casa de Elena Prado, que es una pobladora más de Pucusana; pero no es una pobladora como las demás. Elena Prado se dedica a ayudar a Pucusana a crecer y desarrollarse, ella realiza campañas con los niños del colegio que ella misma fundó hace algunos años. Estas campañas son en pro del cuidado de la fauna marina y del medio ambiente de los animales. Elena ayuda a crear conciencia social dando charlas y dando también, el ejemplo. Elena decidió, junto a su hijo Isaac, dejar sus comodidades en Lima para pasar a vivir a Pucusana, lejos de todo y de todos.


Antes de irnos de Pucusana, pasamos por el Boquerón, un malecón pequeño con vista a una pequeña cueva que se había formado gracias a la erosión,
ya que las olas chocan contra las rocas, entonces se ha formado en el medio un orificio por donde revientan fuertemente las olas y, la verdad, es sumamente relajante y divertido estar a medio metro de esa pequeña cuevita, sintiendo como te salpica el agua si es una ola pequeña; y como te empapa, si es una ola grande.


Sin duda, esperaba más de Pucusana como lugar turístico, espero que algún día, al volver, todo lo que digo aquí, sea parte del pasado, de un pasado que no volverá a ser como este presente en el que Pucusana es poco para el turismo peruano, por no decir nada.





El camino por recorrer hasta llegar al distrito de Pucusana es relativamente corto. Este balneario se encuentra ubicado en el kilómetro 59 de la carretera Panamericana Sur. Tiene como actividad más importante a la pesca y acciones relacionadas con ella. El turismo también es aprovechado en Pucusana, siendo en verano donde hay más concurrencia de visitantes.

Definitivamente es un lugar lindo pero no todo es color rosa. Como casi la mayoria de lugares turísticos en el Perú, Pucusana cuenta con problemas que no le permiten desarrollarse cono distrito y potencial lugar turístico.

Nos encontramos con un puerto cargado de botes de pesca. Botes que en su mayoría son limpiados y reparados en la orilla, dejando residuos al rededor. Esta invación de botes no solo afecta en la higiene del balneario sino que también es causante de la huída del hábitat natural de especies marinas como delfines y pinguinos.

En este blog también podrán encontrar información acerca de un fabuloso proyecto de la ONG Mundo Azul está realizando. Proyecto que no solo abarca Pucusana, sino todo el litoral marítimo del Perú.

Las dos caras de Pucusana

En este blog dedicado a Pucusana podrán encontrar esas dos caras que nos presenta este balneario.Las dos caras de Pucusana

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