59 km al Sur

Las dos caras de Pucusana

59 Km. al sur de Lima, tal vez un poco lejos para mi gusto, se encuentra Pucusana, un balneario turístico en el que las coloridas embarcaciones le han dado vida a la invasión y las autoridades, a la desorganización.

Por: Catherine Molina


Puente Primavera, 1:30 PM. Me encontraba en un laberinto, en medio de un enredo de puentes, o algo parecido. No sabía por dónde ir, ni qué vía seguir para llegar a “aquicito nomás”, a ese lejano lugar ubicado a 59 Km. del sur de Lima.


Estaba acompañada por Patty y Diana, juntas logramos encontrar el paradero por donde pasaría el carro que llega hasta Pucusana; carro que, por cierto, no sabíamos cuál era. Entre gritos y tumulto de gente decidimos ir “un poquito más allá”. Fuimos a dar, sin querer, a la pista de la Panamericana Sur.


Por fin supimos cual era el carro en el que permaneceríamos durante varias horas, subimos y, sin importar las reglas, Patty y yo viajamos en los asientos reservados. Para nuestra suerte, en todo el camino no hubo alguien que los necesitara.



Puente Primavera. Puente Benavides. Puente Atocongo… después de pasar – al parecer – por todos los puentes del mundo, seguimos la ruta sur con destino Pucusana. Pasamos por Lurín, donde un exquisito olor invadía el interior de la coaster y me invitaba cada vez con más insistencia a dejar aquel asiento reservado en el que viajaba para ir en busca de uno de esos panes con chicharrones tan ricos y tradicionales del restaurante “El flaco Pepe”.


En el camino leía un libro de Vargas Llosa y alternaba mi vista hacia el paisaje del lado derecho de la Panamericana Sur, todas veíamos hacia el mar con la expectativa de ver a algún delfín. Sí, en la costa peruana hay delfines, aunque hay muchos peruanos que no lo saben o, simplemente, no lo creen. Bueno, fuimos en busca de delfines y encontramos más, mucho más.


Cuando llegamos a Pucusana, un poco después de dos horas y ya sin ganas de bajar del carro, encontramos un lugar poco agradable a la vista del turista.


Fuimos caminando por una especie de malecón, muertas de frío, hasta que encontramos un restaurante donde Diana pidió un café mientras yo compraba una teja de pecanas afuera del restaurante “La mar”. Conversé un poco con la dueña del restaurante, que era amiga de la señora Inés, quien vendía esas tejas que tanto me gustan. Les pregunté acerca
de los delfines de la zona y con un desgano me dijeron que a ellas no les interesaba el tema, que en realidad eso era para los turistas, no para los de la zona. La pregunta es, si es tema no le interesa a los pobladores de Pucusana, ¿a quién le debería importar? Partimos desde ese momento con el primer problema.


Después del cafecito y las tejas fuimos en busca de más información y encontramos un cartel con el croquis de Pucusana, donde figuraba la Municipalidad, el puerto, el Boquerón, Naplo, entre otros lugares propios de la zona. Decidimos ir, primero, al puerto. Ahí vimos gran cantidad de botes dentro y fuera del mar, los que estaban fuera del mar estaban siendo remodelados, los lijaban y pintaban en plena orilla, dejando residuos de pintura y astillas de la madera del bote a vista y pa
ciencia de todos, sin tener en cuenta que estaban contaminando y dañando la arena del balneario que, lógicamente, en esas condiciones, parece cualquier cosa menos un balneario y, menos aun, uno turístico.


Existe tal cantidad de botes en Pucusana porque es un lugar que
se dedica a la pesca y a actividades afines a ésta, por lo que, al llegar al puerto vimos un gran letrero que decía “Bienvenidos al gremio de pescadores de Pucusana” y,
para los turistas extranjeros: “Welcome to the fishing dock of Pucusana”. Cruzando este letrero encontramos a todos los pescadores prep
arando sus botes y sus redes y, aunque el mar
estaba bravo, ellos ofrecían un paseíto por toda la bahía. Ante nuestro no como respuesta, el pescador Félix, uno de los más antiguos de Pucusana, nos dijo que solo nos cobraría S/. 5.00 el paseo por toda la bahía. – Hasta la última casa blanca las llevo. Para que conozcan la casa de Gisela (Valcárcel) y la de Alan (García), anímense. 15 solcitos por las tres.- nos dijo Félix.


A pesar de no haberle aceptado el paseo, nos contó que ahora la pesca está mucho más baja que antes, que ahora no es muy rentable pescar. Apropósito de la pesca, le preguntamos si sabía algo sobre la pesca de delfines en la zona, a lo que respondió que, a partir de una ley promulgada en el año 1996, quedó terminantemente prohibido pescar delfines. Félix dice que a partir de ahí, la gente ya no pesca delfines y si lo hacen, es por accidente; las investigaciones realizadas por la ONG Mundo Azul, demuestran todo lo contrario. Stefan Austermühle, creador de la ONG Mundo Azul, ha sido testigo de las atrocidades que se comete con los delfines. Por ejemplo, cuando los pescan “casualmente”, los utilizan para el consumo de los mismos pescadores; sin embargo, hay quienes se dedican a pescar delfines para vender, de manera informal, su carne en los mercados. Esta carne se llama muchame y cuesta muy barato, por lo que la gente la consume mucho, aunque Félix, el pescador, diga que eso dejó de pasar hace muchos años.


Normalmente, aunque nunca en invierno, vemos el mar y la arena repletos de personas, de hombres y mujeres, de niños disfrutando de la playa, corriendo, nadando, jugando con la arena. En Pucusana, en cambio, vemos botes. Botes que invaden drásticamente el mar, botes que han obligado a los peces a ir más al fondo. La cantidad de botes varados en Pucusana ha ido aumentando paulatinamente en los últimos años, esto se debe a la informalidad absoluta que existe en dicho “gremio de pescadores”: los botes llegan desde cualquier puerto del Perú, no importa si viene del Callao, de Ilo; no importa de dónde venga, siempre podrá entrar a Pucusana e instalarse ahí porque nadie hará el debido control. No existe ningún tipo de impuesto que se debe pagar por la permanencia del bote en Pucusana y, como es gratis, todos llegan cuando quieren y se quedan el tiempo que quieren.


Una alternativa de solución a este problema es que se cree un impuesto que los pescadores deban pagar para que sus embarcaciones permanezcan en Pucusana, tomando esta medida, se reduciría significativamente el número de botes que “adornan” el mar de Pucusana. Otra de las medidas que se debería tomar sería que todas aquellas personas que arreglen y/o remodelen sus botes en la arena, dejando restos de pintura o de madera, reciban una multa. Estas medidas las deberían tomar las autoridades de Pucusana, como es la Municipalidad; sin embargo, según testimonio de los pobladores, la Municipalidad de Pucusana no ejerce bien su labor, no está al tanto de las necesidades de este puerto y, mucho menos, de sus pobladores.


Pucusana es un lugar turístico que podría ser muy bien aprovechado por todos los potenciales que tiene: mar, botes, pesca, comida, delfines, pingüinos, artesanía y muchas cosas más. Pero todas estas cosas se ven opacadas por el desorden y la basura que hay en la zona, por el conformismo de las autoridades que se ve reflejado en los pobladores.
Se está desperdiciando el potencial que tiene Pucusana como destino turístico, se está teniendo un concepto equívoco de lo que es el desarrollo en la zona.


La única manera de que Pucusana tenga un verdadero desarrollo es creando una conciencia social y educando a las generaciones menores, dándoles una cultura medioambientalista que les permita, en un futuro próximo, llegar a hacer de Pucusana el lugar que debería ser: un lugar ordenado, limpio. Un lugar en el que las autoridades cumplan su verdadera función, donde los trabajadores de la Municipalidad estén enterados de lo que pasa en la zona, y no tengan que derivar a las personas que van interesadas en Pucusana a la casa de Elena Prado, que es una pobladora más de Pucusana; pero no es una pobladora como las demás. Elena Prado se dedica a ayudar a Pucusana a crecer y desarrollarse, ella realiza campañas con los niños del colegio que ella misma fundó hace algunos años. Estas campañas son en pro del cuidado de la fauna marina y del medio ambiente de los animales. Elena ayuda a crear conciencia social dando charlas y dando también, el ejemplo. Elena decidió, junto a su hijo Isaac, dejar sus comodidades en Lima para pasar a vivir a Pucusana, lejos de todo y de todos.


Antes de irnos de Pucusana, pasamos por el Boquerón, un malecón pequeño con vista a una pequeña cueva que se había formado gracias a la erosión,
ya que las olas chocan contra las rocas, entonces se ha formado en el medio un orificio por donde revientan fuertemente las olas y, la verdad, es sumamente relajante y divertido estar a medio metro de esa pequeña cuevita, sintiendo como te salpica el agua si es una ola pequeña; y como te empapa, si es una ola grande.


Sin duda, esperaba más de Pucusana como lugar turístico, espero que algún día, al volver, todo lo que digo aquí, sea parte del pasado, de un pasado que no volverá a ser como este presente en el que Pucusana es poco para el turismo peruano, por no decir nada.


1 comentarios:

Ese distrito está bien olvidado. No tanto como Santa Rosa pero si vas se siente como provincia la verdad.

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Las dos caras de Pucusana

En este blog dedicado a Pucusana podrán encontrar esas dos caras que nos presenta este balneario.Las dos caras de Pucusana

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