Por: Patricia Herrera
No siempre quiero saber a dónde voy. Sábado, 12pm. Ese día sí sabía a dónde iba, pero lo que era incierto era cómo llegar. Lo más seguro fue ir hacia el Puente Primavera en Surco, después de un que otra pelea con mis compañeras de viaje ya que ninguna estaba segura de nada y cada una de nosotras quería tomar caminos distintos. Al parecer las clases de Marketing II surtieron efecto, y mi sentido de la persuasión se impuso. ‘Como joden , por quinta vez, vamos hacia el Puente Primavera’, y ellas como coro de misa respondieron: ‘Yaaaa’.
Y ahí empezó todo. En la combi era casi imposible mantener un diálogo, la música estridente llena de teclados y vozarrones cumbiamberos nunca falta. Llegamos al puente, y nuestros pasos eran tímidos, como los de un bebé en pañales. Derecha o izquierda, arriba o abajo eran lo mismo. Subimos por la derecha y , al bajar caminamos por una especie de túnel. ‘ Vamos por acá’ dijo la compañera de viaje #1 , y la seguimos. Éstabamos arriba y caminar a unos cuantos metros lejos del piso no era algo tan relajante para mí, y aunque éste temblaba como los mil demonios lo único que quedaba era empujar a quien se cruzara hasta llegar al otro extremo. Seguimos caminando y bajando se me ocurrió : ‘¡Huevona, estamos en el mismo lugar desde dónde vinimos! ¡Carajo!’. Y las carcajadas eran de esperarse, entre risas y reclamos, subimos por la izquierda y me aseguré que no ocurra otra vez más … era posible.
Una vez arriba todo era un caos, como cualquier paradero en Lima. Aquel era peor aún, éstabamos en la Panamericana Sur. Los autobuses, o mejor dicho ‘micros’ se aglomeraban uno tras otro, sin dejar ver su ruta en sus lados. Perdidas, preguntamos a una vendedora de comida al paso por alguno que nos lleve hasta el kilómetro 59. Nos aseguró que un micro de color blanco y de letras negras nos llevaría sin desvíos.
Después de unos quince minutos, lo tomanos casi desesperadas. No me importó respetar las normas y me ubiqué en el asiento reservado para gente con muchos años encima, o con bebé encima. Era la línea número 36 de Royal Express S.A, así que sólo esperaba a tener un viaje lo suficientemente placentero. La neblina de la Lima gris en invierno, no ayudaba mucho a la sensación casi obnubilante de mi mente.
Habían transcurrido unos 30 minutos de viaje, por primera vez no tenía a mi ipod entre mis cosas, así que decidí escribir todo lo que veía o percibía. “En Francia la vida era más rica, más alegre, más hermosa, más que en cualquier otra parte […]” . Eso fue lo que leía una de mis compañeras de viaje. Capturé un fragmento de ese libro, Traversuras de la niña mala, y pensé el por qué de Vargas Llosa para nombrar a Francia y no a su propio país. Es ficción de igual manera-me respondí de inmediato-pero ella siempre tiene algo de real. Fueron los olores repelente que tampoco se escapan de mi memoria, bienvenidas a Lurín.
1:32pm. Todo mi panorama se limitó por el lado izquierdo, hasta que dando la vuelta, el mar de pronto nos esperaba. Fue por un corto tiempo, pero la compañera de viaje que iba de co-piloto del conductor, aseguró conmovida ver lo que buscamos. El paisaje color beige, ocultó todo al momento de buscar con la mirada a aquellas criaturas, por las que me veía envuelta en este viajecito. Un viajecito tranquilo, hasta el momento, sin peligros o ‘moros en la costa’.
La vista del mar se ampliaba con tal rapidez, como cuando le das click con la lupa sobre una fotografía. Al mismo tiempo podía el vértigo que causaba la atura al sentirme al borde del abismo sin ningún tipo de seguridad, deseaba estar cerca. Y así fue, después de pasar por los balnearios de Punta Hermosa, Punta Rocas, Punta Negra, San Bartolo y Santa María, un par de Converse sucias pisaron el suelo del distrito de Pucusana , a 59km de la caótica Lima Metropolitana. Mis piernas no reaccionaban, y mis nalgas menos. Por primera vez quería quedarme en el micro, y es que el frío era intenso, sin darnos cuenta podría dejarnos, literalmente, congeladas como en juegos de niños.
Caminábamos en bajada. Un anciano sentado en la puerta de su casa, cuál can que vigila con recelo sus propiedades, niños que juegan en la mitad de la calle, conversaciones de esquina a esquina entre señoras, piropos que se lanzaban con picardía a aquellas atrevidas que no guardan sus minifaldas ni en invierno. Risas entre amigos cincuentones que parecían tener un motivo para celebrar, teniendo una cerveza en mano. O es que muchos no tenemos esa ideología de que beber algo todos los días no significa ser alcohólico, algo que sí sucede ‘al otro lado del charco’ o en países que, al igual que nosotros, pertenecen al trópico. Ese es otro tema. Seguíamos marcando el paso, y a medida que avanzamos hacia el malecón San Martín, el frío descendía proporcionalmente. Nuestras cámaras se preparaban para capturar todo lo podíamos olvidar al paso. Sin embargo, sin ánimo de presumir, no necesitaba una cámara para recordar las miradas y los silbidos insinuados de los hombres que trabajaban en el alumbrado de las calles. Reconozco que eso me pone nerviosa, sentí que alguno de ellos comenzó a seguirnos, pajas mías o no, el hombrecillo se hizo puff a mis espaldas.
Sin darle más importancia a lo que pasaba detrás de mí, nos topamos con un mar… un mar de botes, que no dejaban ver sobre que descansaban. Al mirar de cerca, los poco espacios de agua notan cristalina es escondían tras embarcaciones: “Mi Ximenita” y “Nicoll Jasmin” eran algunos de la infinita cantidad de nombres para cada una de ellas. Grandes , pequeñas, cayéndose a pedazos, con velas, con redes. La temperatura no son dejaba pensar más que un café calentito, después de eso ya conversábamos para delimitar nuestra ruta.
Desde un principio pensábamos en subirnos a los botes, y no sé por qué en algún momento me imaginé en lindo y tranquilo paseo, sin contar que el mar parecía no estar de mal humor. “No sean mariconas, no pasa nada”-les decía a mis amigas- “No hay forma que yo me suba a un bote, el mar se ve movidísimo” – me respondió una de ellas, con un tono temeroso. Los olores de los churros y picarones preparándose, se mezclaban con el olor del mar, algo que siempre me denota cierta tranquilidad al punto de la melancolía. Sin embargo, esto se veía empañado por un paisaje contaminado: lleno de residuos que los pescadores dejaban regados frente a nuestros ojos mientras reparaban sus botes, pedazos de redes para pescar, botes de pintura para los botes. Por la pista o por la vereda era difícil no tropezarse con desechos de comida o heces de perros (un animal muy común en la playa, aunque no es su habitad y su presencia está prohibida por cualquier intendencia). La vista casi saturaba, los vendedores ambulantes de joyas hechas a mano, películas piratas, churros, y sobre todo la sobreoferta de restaurantes al paso. No había una variedad de platillos en el menú, las mesas blancas fuera del local eran iguales, casi nos sobraban los dedos para contar a la clientela, la única diferencia es que unos se distinguían más que otros por la música estridente que se escuchaba a cuadras. Unos metros más allá, encontramos un mapa enorme que nos ubicó: un pequeño parque, un centro comercial, una municipalidad, El Boquerón y el pequeño puerto, donde el gremio de pescadores se reúne día a día para el sustento de su querida Pucusana. “Pucusana DISTRITO TURÍSTICO”, frase que puede capturar con la cámara. De pronto me di cuenta que unos centímetros más bajo éste muro pintado, las gaviotas caminaban entre basura.
Ahora no nos detuvimos, y estábamos en el muelle. Ahí nos encontramos con Félix, un pescador cincuentón que nos quiso llevar en su bote por la cómoda cuota de S/.5.00, usando un marketing peculiar nos dijo que veríamos a los lobos de mar, también la casa de Gisela. “Y podremos ver a los delfines”- le preguntamos- nos dijo que era posible que no los veamos, porque hace muchos meses que no se veían, por ahí. Dudé un tanto de su respuesta, pero seguimos entrevistándolo de manera informal, sin cámaras y sin apuntes. No pudimos evitar preguntarle acerca de la razón principal de nuestro corto viaje. Delfines.
Pocos saben que el Perú es un país privilegiado, ya que a solo unas millas de las playas que se encuentran entre Chorillos y Paracas (entre ellas Pucusana), donde se puede encontrar de tres a seis delfines saltando entre olas, dando un espectáculo sensacional en su habitad natural. Sin embargo la caza de estos cetáceos saltarines es una realidad, existe un mercado negro de la carne de delfín llamada muchame a cuatro soles el kilo, según un reportaje escrito del suplemento del diario El Comercio: Somos. Quién mejor que Félix nos podía dar alguna respuesta. La verdad es que sólo atinó a decir que desde hace mucho tiempo no se les caza, debido a la legislación que amparaba a estos animales, y que si son cazados son porque no pueden salir de la red que originalmente es para los peces. “Es ocasional señorita, y si caen es para nuestro consumo, no vamos a desperdiciar carne”.
Sentía mucha rabia, ellos tienen décadas de experiencia, nada les cuesta tomar las debidas precauciones para que esto se detenga. No saben que éstos ya sean delfines nariz de botella o delfines oscuros, entre las 1500 especies que se encuentran en nuestra costa, cumple funciones importantísimas en el ecosistema marítimo, son como los leones del mar. No quería estar más allí y finalmente no nos convenció, dudamos del paseo de media hora en bote, aunque prometimos volver.
Regresamos donde comenzamos, al mapa de Pucusana nos dirigimos. La verdad es que más que otra cosa fue nuestro sexto sentido el que nos sirvió de guía, de guía eficiente ya que sin mucho recorrido llegamos a la casa más bonita que había visto hasta el momento, parecía sacada de otro escenario. Una casa con acabados sencillos y a la vez modernos en parangón con las demás casas con cierto sentido minimalista, que solo contaban con la decoración de sus ladrillos. Era el hogar de Elena Prado, una activista que dejó su vida en Lima para y por Pucusana. Nos cuenta su primogénito Isaac Cornejo Prado, que su madre no tiene ánimo de lucro, no quiere involucrarse con la política, es por eso que ya ha rechazado varias propuesta para encabezar la lista para la alcaldía del distrito. Ella solo quiere luchar por el desarrollo de Pucusana porque sabe del potencial que se encuentra allí. Lo ecológico es lo más relevante para ella. En el año 2001 logró fundar el colegio Pierre LaPlace, ocho años después alzó la voz junto al alumnado en la marcha contra la matanza de pingüinos, y la domesticación de éstos mismos. Además, ideó proyectos como un jardín botánico, el cual contaba con un inversión de aproximadamente medio millón de dólares. Fue el abandono de las autoridades municipales, y la poca seriedad para con el proyecto entre muchos otros, que desanimó a los inversionistas extranjeros dejando el proyecto en puras ideas. Elena no sólo se preocupa por el medio ambiente, sabe que hay indigentes que no pueden subvencionarse los medicamentos, es así que eventualmente consigue la donación de un poco más de 500 medicamentos de doctores extranjeros. Cuando Isaac nos habla de los atractivos turísticos, sabe que para las autoridades esto se encuentra en un segundo plano. Lo único que tratan de lograr, como una familia asociada para impulsar el turismo, es ambientar su casa para ofrecerlo como hospedaje durante todo el año, y abrir el restaurant La Casa Nostra en los veranos.
Lamentablemente, ésta familia no puede realizar muchos de sus proyectos por no cuenta con un sincero apoyo de la Municipalidad del Distrito de Pucusana. Una vez más se demuestra que la política, sigue sucia y aunque suene fuerte: es una mierda. Si solo voltearan a mirar todo el potencial que tienen, y no actuaran de forma individualista, tal vez no se impedirían que familias con ganas de actuar, dejen hacerlo. Si solo voltearan de una vez la vista y se percataran que son las próximas y cada vez más cercanas generaciones, quienes vivirán de lo que ellos están construyendo, o más bien de lo que dejan de construir. La cultura ecologista, en pro del medio ambiente ya no puede ser cultivada en las mentes de los adultos y menos de los ancianos, que lo único que saben bien es que hay que luchársela para llevarse algo a la boca, y es por eso que muestran un conformismo y un desapego por lo suyo, por el mar. Y son los representantes municipales que deberían tener una verdadera comunicación el pueblo, no basta con colocar carteles que prohíban algo que al final no se cumple, porque no hay un feedback por parte de la comunidad.
El turismo es una palabra que no puede desaparecer de su léxico. Los delfines, los lobos de mar, los pingüinos, la pesca legal, los paisajes que aún pueden ser salvados, entre otros atractivos por descubrir son el futuro de esta comunidad. Pucusana tiene mucho por explotar, no por abusar. Y ésto es solo el comienzo.


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